Ni derechos humanos, ni justicia, ni Policía, ni políticos, nadie detiene la hemorragia de una sociedad amasada a golpes por mil sufrimientos. La anestesia es total. Ya no duele la herida. No se oye el grito divino, y si se oye, es con sordina: "Te pediré cuenta de la sangre de tu hermano". La sangre de animales al menos sirve para embutidos; la humana, en cambio, se utiliza perversamente para saciar la sed enfermiza de Edipos acorralados que matan a su padre, a su madre, a sus hermanos y a sí mismos.