Honduras
Sentado en el sofá de una suite de hotel en el centro de San Pedro Sula, Luis Fernando Suárez recordó los días de su niñez, cuando jugaba picados de fútbol con sus amigos de barriada en su natal ciudad de Medellín.
Lejos estaba en aquel entonces de pensar que llegaría a ser un astro de fútbol en su tierra colombiana y que luego, como director técnico, llevaría a una selección de fútbol a un mundial.
Nacido en el seno de una familia pobre, Luis Fernando Suárez ha vivido una vida pasiva, sin pena, pero con mucha gloria surgida del balompié. “Ni siquiera fui travieso”, manifiesta el hombre de difícil sonrisa y respuestas breves.
Su padre era un mecánico especializado en reparar máquinas para hacer calcetines, quien le enseñó los modales con los que fue moldeando su mesurada personalidad.
En el barrio San Javier, donde creció, había una cancha de tierra en la que daba rienda suelta a lo que se convirtió en la pasión de su vida, jugando con sus amigos y compañeros del Liceo Antioqueño.
Ni las emociones de los primeros amores fueron tan fuertes como las que le proporcionaba el fútbol. “La primera niña que conocí era de mi barrio, pero lo que había entre nosotros eran amoríos fugaces o, como se dice, amores de ojitos”.
La adolescencia lo sorprendió en una época de ritmos pegajosos y bullangueros, como el rocanrol, la cumbia, la salsa y el ballenato, que aprendió a bailar sólo para defenderse, pues no era un joven de mucha farra.
“Iba a los bailes, pero no exageraba la nota. No podía estar mucho tiempo fuera de casa, por la forma en que me educaron”, expresó.
Se apasionaba más por la música protesta que también estaba de moda por los años setenta, porque siempre le han gustado las melodías con mensaje. “Escuchaba mucho a Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa y Piero”.
Más que a la música, le dedicaba su tiempo al fútbol, gracias a lo cual a los 15 años se convirtió en una estrella que un buscador de talentos puso a brillar.
“Jugaba con el grupo de la clase (colegio) cuando un cazatalentos me preguntó si quería entrar en un equipo profesional. Así empecé a tener un entrenamiento fuerte”, expresó.
Repetir la hazaña
En su trayectoria fue futbolista profesional con el Atlético Nacional, club con el que logró el título de la Copa Libertadores 1989. Jugaba como defensor central y en ocasiones como volante de contención.
A partir de allí su carrera se disparó, viviendo sueños que ni él mismo imaginó, como llevar a Ecuador a la Copa Mundial de Fútbol Alemania 2006.
De su rostro pesado surge una leve sonrisa al recordar aquella gesta que ahora quiere repetir enfundado en el buzo de la Selección de Honduras.
“Lo que más me entusiasma es volver a estar en un mundial. La hazaña se puede repetir porque ésta es una selección mundialista y además me gusta lo que hasta ahora he visto, aunque falta un trabajo que hacer en la parte mental, técnica y táctica”, dice.
El recuerdo de su casa
Su andanza como técnico internacional lo trajo a tierra catracha. Aquí ahuyenta la nostalgia por su familia, alternando su tiempo entre su trabajo y la sobriedad de los hoteles, aunque dice que sabe adaptarse adonde quiera que va.
Cómo no recordar a su familia reunida en su casa de campo de Medellín alrededor de un asado, de esos que bien sabe preparar uno de sus tres hijos, mientras en la soledad de su habitación se refugia en la lectura de un libro de Vargas Llosa.
El tenis y la lectura son sus otras dos pasiones después del fútbol. Lo que no puede soportar el colombiano es estar dos o tres horas sentado, viendo una película.
Dijo que de los veinte años que ha estado trabajando como técnico, algunos cinco los habrá pasado con su esposa Luz Marina y sus tres hijos, el menor de los cuales tiene 18 años. Sin embargo, estima que el tiempo vivido se disfruta no tanto por la cantidad, sino por la calidad. Además, “mi familia está consciente que de esto vivimos”.
Comentó que cuando está en casa no es muy dado a ayudar en los quehaceres domésticos. “Lo único que hago con gusto es lavar los platos”. Agregó que lo que más disfruta del poco tiempo que pasa en Colombia es compartir con sus hijos y su esposa. A ella la conoció cuando era secretaria administrativa del equipo en que comenzó a jugar.
Está tan orgulloso de su familia como de su país, aunque lo hayan estigmatizado el narcotráfico y la violencia. “Cuando uno está fuera lo mira diferente, veo la gente buena, la gente que no se conoce, pero que tiene cosas valiosas”.
Precisamente porque a Colombia solamente se le ve la cara de las drogas, Suarez tiene problemas con las autoridades de Migración cada vez que entra en Estados Unidos.
Resulta que un supuesto narcotraficante de Colombia tiene su mismo nombre y por eso lo meten en el “cuartito” para revisarle hasta los calcetines cuando presenta su pasaporte extendido en el país del sur. “Mientras no lo agarren, seguiré teniendo problemas”, comentó sonriente.
Al final de la entrevista, Suárez no quiso agregar más comentarios, aduciendo que como profesional de la contaduría que estudió en la Universidad Pública de Medellín, lo único que puede contar son números fríos como él.
Después iría a caminar un rato al bulevar de La Esperanza del barrio Los Andes, tratando de pasar inadvertido, pues los gimnasios lo aburren. “Me gustan más los ejercicios al aire libre”.