Honduras
Cuando en 2001 Juan Ramón Madrid cruzó la frontera para ir a socorrer, como bombero, a las víctimas de un terremoto que sacudió a El Salvador, pensó en lo irónica que es la vida, pues años atrás había empuñado el fusil para combatir salvadoreños y ahora trataba de salvar sus vidas.
Su misión esta vez no era atacar a hermanos empujados a una confrontación bélica sin sentido, sino salvar vidas atrapadas bajo los edificios derrumbados por el sismo en la capital salvadoreña.
En medio de los escombros del edificio El Dorado, que se había caído como un pastel, mientras hacía labores de rescate, Madrid encontró un libro que se refería a la Guerra de 1969.
Comenzaba a hojearlo cuando se lo quitó uno de los jueces que participaban en el reconocimiento de cadáveres y le dijo que, por ser hondureño, no era conveniente que se llevara aquella obra escrita por un salvadoreño.
Tal vez no quería el juez que el bombero catracho trajera a su país un enfoque parcializado de lo que ocurrió en esa guerra, sin saber que había participado en la misma como combatiente. Por lo tanto, cualquier versión sobre la lucha fratricida no lo haría cambiar su opinión de que fue un baño de sangre sin sentido, disfrazado con el nombre de “guerra del fútbol”.
Madrid sobrevivió al conflicto para contar su historia. Confesó que tuvo mucho miedo de no regresar con los suyos cuando viajaba en una unidad del Tercer Batallón de Infantería para enfrentarse a desconocidos que, en lo personal, no le habían hecho ningún daño.
“Era como ir a pelear a sangre fría con un enemigo fantasma”, dijo Madrid, uno de los 2,769 veteranos de guerra marcados por la gesta.
El machete por el fusil
Cuando, siendo muchacho, dejó las tareas de labranza en Copán para trasladarse a la costa norte con un morral de ilusiones, Madrid no se imaginó que su destino sería el frente de guerra.
Ya estaba trabajando en el campo bananero Buena Vista del ramal de El Progreso cuando un pelotón de “verdeolivos” lo subió a la fuerza, con otros campeños, en un comando militar y se lo llevó a hacer la plaza al tercer batallón, que en ese tiempo comandaba el ya extinto Juan Alberto Melgar Castro.
Tendría ocho meses de soportar los rigores del servicio militar obligatorio cuando estalló el conflicto bélico con el vecino país que daría otro vuelco a su vida.
Las risas, bromas y palmadas de aliento que recibió de amigos y familiares que llegaron a despedirlo a la unidad, que en ese tiempo funcionaba donde hoy es la 105 Brigada Militar de San Pedro Sula, se fueron transformando en sentimientos de angustia y temor a medida que el camión militar avanzaba hacia lo desconocido por la carretera de occidente, aún sin pavimentar.
El miedo le heló los huesos más que el frío de El Portillo de Teotecancinte que les dio la bienvenida la madrugada de un domingo, al llegar a los linderos de la zona de combate en Ocotepeque.
Era natural que lo invadiera aquella ansiedad extrema como al resto de sus compañeros, si veía de cerca la muerte, según dijo. Lo vergonzoso hubiese sido que saliera huyendo cobardemente, dejando botado su fusil como hizo un subteniente, que en el batallón infundía miedo y cuyo nombre no reveló por ética. “Teníamos órdenes de disparar contra el compañero que desertara de la línea de combate, pero a él no lo vimos, sino quién sabe que hubiera pasado. Lo que supimos es que después de la guerra lo castigaron conforme al reglamento de la institución”, comentó Madrid.
Les llovían los obuses
Ya habían bajado a pie de El Portillo a la planicie de Ocotepeque cuando recibieron una tormenta de granadas y obuses lanzados con artillería de largo alcance, que caían hasta en las casas abandonadas.
Mientras tanto, la tropa hondureña trataba de defenderse con fusiles M1 y 75 milímetros en una lucha desigual que terminó al caer una lluvia por la tarde. “Nuestras armas hacían humo al caerles el agua a los cañones calientes de tanto disparar”, recordó Madrid.
Después de que los oficiales ordenaron la retirada hubo tanto desconcierto que muchos soldados se perdieron en la noche y algunos de ellos fueron a dar a Guatemala por el paso de Agua Caliente, según el relato.
Al día siguiente, el comandante José Ernesto Zepeda mandó colocar panes con queso en la orilla de los caminos para que los soldados extraviados los recogieran cuando pasaran buscando reagruparse, como finalmente lo hicieron.
Madrid dice que 44 compañeros cayeron abatidos entre esta batalla y la de Las Mataras, entre ellos los suboficiales Alex Edgardo Alanis y Miguel Ángel Bonilla.
Después de que terminó “la guerra de las cien horas”, persistió la psicosis entre los que quedaron resguardando la frontera. Cuenta Madrid que una noche vieron una sombra que se movía en el campamento y como nadie respondió a la pregunta “quién vive”, le dispararon. Resultó ser una vaca perdida que devoraron al día siguiente.
“Por un pelito, granada no mató a Polo Paz”
A pesar de no tener suficiente munición, el frente del sur, al mando del entonces coronel Policarpo Paz García, salió airoso de la guerra.
El veterano de guerra Reynaldo de la Cruz Ponce recordó que viajó en un camión militar a Tegucigalpa a traer munición, cubierto por los aviones de la Fuerza Aérea, que “era dueña y señora de los dos espacios aéreos”.
Cuando al regreso le informó a Paz García que solamente había conseguido 60,000 cartuchos de M1 con el Centro Especial de Seguridad, CES, el oficial se llevó las manos a la cabeza y dijo: “Sí estamos jodidos”.
“En cierta ocasión, descansaba Paz García sobre una carreta, que en el sur halan las cabras, cuando se levantó de repente y ordenó a las tropas que se movieran de inmediato hacia otra colina porque el enemigo ya había detectado nuestra ubicación”.
En efecto, ni bien se había quitado el oficial de la carreta cuando ésta voló en pedazos al explotar sobre ella una granada de 105 milímetros. El hecho ocurrió en La Arada, Valle.
Prueba de que los salvadoreños tenían mucha más munición es que cuando se dio el alto al fuego el 18 de julio, al otro lado celebraban haciendo ráfagas al aire, mientras Paz García cuidaba los pocos tiros que quedaban.
Era tan modesto el comandante que, para que no lo recibieran con honores, decidió salir con las tropas a medianoche hacia la capital después de haber hecho un papel de héroe en el conflicto, según Ponce.
