Honduras
Después de haber quedado atrapado entre las llamas y el humo mientras sofocaba el incendio que consumió el viejo mercado central, Carlos Humberto Reyes logró salir con vida para contar esta y otras historias que ponen de relieve su valor y amor al uniforme de bombero.
“Cuando llegamos, el fuego había consumido el mercado, pero algo teníamos que hacer y nos metimos con mi compañera Reina Santos, abriéndonos paso entre las llamas con el chorro de las mangueras”, comentó Reyes.
Agregó que cuando habían llegado al centro del local, se terminó el agua y quedaron indefensos ante el asedio de las llamas y el humo que amenazaba con asfixiarlos. No les quedó otra alternativa que dejar tirado el equipo para buscar la salida sin estorbos, sorteando las llamas y los escombros candentes. “Si nos quedamos unos minutos más, nos habrían sacado hechos cadáveres”, comentó.
Hace 17 años, Reyes vino de Santa Rosa de Copán huyendo de la pobreza. Allá trabajaba como ayudante de construcción, ganando tres lempiras diarios, “por auxiliar a dos albañiles a la vez”.
El anuncio de un periódico solicitando bomberos dio un giro a su vida cuando estaba en San Pedro Sula. Por lo menos tendría asegurada la comida, pensó cuando le dieron la plaza en el Cuerpo de Bomberos luego de ser sometido a un riguroso entrenamiento en labores de rescate urbano, primeros auxilios y rescate de montaña.
Gracias a los conocimientos que también adquirió en el exterminio de enjambres de abejas asesinas, es hoy por hoy uno de los pocos bomberos especializados en este tipo de tareas que se dan con mayor frecuencia que los combates contra incendios.
Una de sus primeras experiencias la tuvo en el sector de El Playón, cuando le tocó rescatar, con equipo empírico, a un grupo de niños acorralados en una escuela por los insectos que ya habían matado a dos patos y a un perro. “Armados con una bomba-mochila con agua y detergente rociamos a las abejas. Luego sacamos a los niños en bolsas de naylon para basura y los llevamos a un lugar seguro, donde los esperaban sus padres. Las abejas ya habían picado a unos vecinos y le sacaron carrera a unos reporteros de televisión que llegaron a cubrir la información”, dijo Reyes.
Agregó que los bomberos se han vuelto multiusos debido a que la gente los llama hasta para que les den el servicio de preparación de cadáveres. “Somos electricistas, fontaneros y asistimos partos. A mí en varias ocasiones me ha tocado preparar cadáveres. Les inyecto formalina y les saco los gases para que puedan durar más”.
En cierta ocasión le tocó salvarle la vida a un hombre que se había prendido fuego él mismo, desquiciado por los efectos del alcohol, en la colonia San José Cinco. El hombre corría gritando de un lado a otro convertido en una tea humana cuando llegó Reyes. “Inmediatamente con el motorista lo tumbamos y lo hicimos rodar por el suelo para sofocar las llamas y estabilizarlo”.
Rescata a parturienta
Reyes recordó que durante el huracán Mitch tuvo “la dicha y el orgullo” de rescatar a una vecina que estaba dando a luz dentro de una vivienda inundada de la colonia Planeta de La Lima.
La mujer estaba sobre una mesa con la criatura entre las piernas y más allá, encima de un armario, estaban otros dos hijos menores llorando.
“La madre no había terminado de expulsar la placenta ni le había cortado el cordón umbilical a la criatura. Todo eso tuvimos que hacerlo antes de sacarlos en la lancha. Al niño lo subimos envuelto en una toalla y una bolsa de naylon para que no perdiera el calor corporal”.
Esa vez, Reyes se llevó otro susto, pues cuando recorría a pie el sector en busca de víctimas cayó en una de las cunetas profundas que hay en la Planeta y fue arrastrado por la corriente, que lo metió debajo de un pequeño puente, donde quedó atrapado.
Dice que fue rescatado por sus compañeros en un neumático de salvamento. “Esa cuneta me hizo tragar un montón de agua, pero no me dobló”.
La experiencia más triste la tuvo Reyes el día que no pudo reanimar a una niña, que murió en sus brazos mientras era conducida en la ambulancia al hospital Mario Rivas.
Una supuesta enfermera le había aplicado una inyección a la pequeña en la colonia Honduras sin saber que era alérgica.
Al llegar al hospital, la niña sufrió un paro respiratorio pese a los esfuerzos del bombero por volverla a la vida.
“Ya no aguanto más, mamá, te quiero mucho”, fueron las últimas palabras de la pequeña.
Reyes dijo que ese día se sintió la persona más incompetente del mundo, pese a que los médicos del hospital le dijeron que la paciente siempre iba a fallecer porque tenía un problema de hipertensión.
Reyes representa también el coraje del resto de sus compañeros que, aunque no reciben puntualmente sus salarios, no pierden el entusiasmo al acudir en auxilio de personas en peligro.
No todo es tragedia
El entrevistado relató un incidente que le ocurrió un primero de noviembre, cuando se celebra el día de los bomberos. “Eran las tres de la madrugada y estábamos lavando la unidad después de regresar de un incendio cuando sonó ‘la gata’, o sea la alarma. En la carrera por subirme en la unidad de emergencia pegué con la cabeza en la escalera.
En eso oímos a los mariachis tocando las mañanitas y vimos al capital Alfonso Medina riéndose. Mis compañeros también se reían, pero no tanto por la sorpresa, sino por el mameyazo que me había dado”.
