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"Al carajo con la ropa de hombre": Travesti

Fernanda sufrió desde niño los latigazos de la discriminación por sus preferencias sexuales que no podía ocultar ni ante la actitud machista de su padre. A los 18 años salió a exhibirse en las vitrinas de la noche bajo un envoltorio femenino
11.06.10 - Actualizado: 12.06.10 02:16am - Redacción: redaccion@laprensa.hn

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San Pedro Sula,

Honduras

“Sentada” en el sofá de su vivienda de la colonia Guillén, Fernanda comenzó a maquillarse mientras nos contaba retazos de su vida, desde los años de su niñez, cuando soportó los maltratos de un padre machista, hasta que se convirtió en la protectora y líder de los travestis de la calle.

Cuando llegamos a la pequeña vivienda de concreto al comenzar la mañana ya se había enfundado en un ajustado pantalón vaquero que hacía juego con la blusa casual de tirantes al cuello y unas zapatillas del mismo castaño artificial de su cabello. Es la vestimenta que usa generalmente para ir a su trabajo diurno en una organización que defiende los derechos de los homosexuales, porque por la noche escoge de su ropero un vestido más deslumbrante y atrevido para atraer a los clientes que rondan las esquinas calientes.

La sombra de su padre

“Sufrí mucha violencia en mi niñez porque es difícil que un padre le acepte a uno su homosexualidad. Mi papá me golpeaba cuando miraba gestos y caminar que yo no podía ocultar porque eran naturales en mí”, comenta, y sigue maquillándose.

La entrevista es escuchada con recelo por Marvin, su “compañera” de habitación, por temor de que lo metamos también en nuestro torbellino de preguntas.

Cuando Fernanda llegó a los 16 años ya no pudo soportar más los maltratos del hombre que lo engendró y se fue a vivir con una hermana mayor, que ya había hecho su vida aparte.

Para sobrevivir y ayudar a su hermana consiguió un trabajo en el departamento de producción de una empresa, con un permiso del Ministerio de Trabajo por ser menor de edad. Se sentía bien con lo que hacía, pues no era una labor pesada, pero estando allí volvió a sufrir la despiadada discriminación por sus preferencias sexuales, esta vez de sus compañeros que le gritaban “marica y otras groserías”.


Aquellos insultos le dolían tanto como los golpes de su padre y por eso decidió buscar otra forma de ganarse la vida. Las puertas se le cerraban en las empresas, pues en ese tiempo ya le gustaba vestirse como mujer y eso en ningún trabajo se lo iban a permitir.

La sombra de su padre le impedía dedicarse abiertamente al comercio sexual. Recordaba que una vez le dijo: “Prefiero tener un hijo muerto que un hijo homosexual”, por eso temía encontrárselo de repente a la vuelta de una esquina.

De Fernando a Fernanda

Fue hasta que su progenitor murió, unos dos años después, cuando tiró “al carajo” sus vestimentas de varón y cambió su nombre de Carlos Fernando Vallejo por el de Fernanda.

“Allá adentro (en el dormitorio) tengo hasta pelucas de todos colores para salir de noche”, dice mientras pone un poco más de rubor en las mejillas y delineador para acentuar el color castaño de sus ojos.

Antes de salir a su trabajo accede a mostrarnos su ropero tras cruzar una cortina que divide la reducida sala-comedor del aposento climatizado por un viejo aparato de aire acondicionado. “Es herencia de mi madre”, dice al referirse a la modesta vivienda.

En una cama king size coloca delicadamente blusas, vestidos, carteras y pelucas con las que de noche sale al encuentro de la calle en busca de placeres y dinero.

Sus clientes son por lo general los mismos. La mayoría paga regularmente 500 lempiras; todo depende. También están los que pagan hasta mil lempiras, pero a todos los mantiene en el anonimato para no ponerlos en evidencia, incluso ante sus esposas, comenta.

Disputa

“La calle la hace fuerte a una. Por mi estatura me he convertido en la protectora de las otras chicas para defendernos hasta de los policías que nos quitan los clientes”, dice Fernanda, una persona corpulenta de 1.78 metros y “30 años bien jugados”.

Cuando se le pregunta qué tienen que ver los policías en el negocio, responde: “Se aprovechan de nuestros clientes para acusarlos de actos inmorales, aunque tal vez solamente estamos platicando dentro del carro o negociando un encuentro”.

Aclaró que los agentes de la Policía Preventiva, no de la Municipal, se llevan a los clientes y les cobran una supuesta multa que pagan por miedo de que la gente se entere. Los casos ya han sido discutidos en las reuniones que Fernanda, como líder del grupo, ha tenido con la Policía, pero los atropellos siguen.

Recalcó que ni la Policía ni nadie pueden oponerse a que los travestis vendan placeres en las calles porque no hay una ley que lo prohiba, aunque tampoco haya una que lo permita.

Se quejó porque también están expuestos a los peligros de la delincuencia y al escarnio de los transfóbicos que les lanzan envases y otros objetos cuando pasan en sus carros frente a ellos.

Recordó que en una ocasión “ella” y su “amiga” Claudia se subieron en un vehículo con dos supuestos clientes sin saber que eran delincuentes. Estos los llevaron a un bordo desolado donde los obligaron a tener relaciones a punta de pistola.

“Ya nos iban a dar un tiro, cuando de repente salió, no sé de donde, un tráiler que nos alumbró y aprovechamos para salir a la carrera.

Ellos trataron de seguirnos, pero en eso se les apagó el carro”, relató.

Hay otro enemigo mortal que los asedia en cada encuentro sexual, llamado sida, pero logran eludirlo exigiendo a sus clientes el uso del preservativo. Incluso esa vez fueron violados por los delincuentes y lograron negociar con ellos el uso del condón, aseguró.

Admitió que hay “chicas” que se dejan convencer por los clientes y no se protegen ni asisten a los chequeos médicos que el centro de salud les ofrece a los trabajadores y trabajadoras del sexo.

El problema es que los travestis se desvelan en la calle y esos chequeos se hacen a primeras horas del día, cuando ellos están reponiendo sus energías, justificó.

Senos de aceite

Precisamente, la organización Unidad Color Rosa del barrio Cabañas, para la cual trabaja Fernanda, se dedica no sólo a defender el derecho de los homosexuales, sino a concienciarlos mediante charlas y eventos para que tomen medidas de prevención contra estas y otras enfermedades a las que están expuestos.

La acompañan en este trabajo Claudia, “la directora” del programa, y Lisa, que se enorgullece de sus grandes senos gracias a un implante de silicona que le hicieron en Guatemala.

También en Honduras, un cirujano de Tegucigalpa les hace estas operaciones a los transexuales, aunque la mayoría prefiere inyectarse hormonas, como Fernanda.

Comenta que el tratamiento no deja de ser riesgoso, aunque lo es más cuando en vez de hormonas “las chicas” se inyectan aceite mineral por la necesidad de hacer crecer sus pechos por ser éste el atractivo erótico que buscan muchos hombres. Dijo que ya han tenido que llevar a una persona grave al hospital por haber cometido esta locura.

Fernanda pasó todo el día en su oficina revisando informes sobre las actividades de la organización y viendo en su computadora el sitio web en que también hace los contactos con potenciales clientes.

Al caer la noche descolgó de su ropero un minivestido oscuro de amplio escote y un bolso del mismo color y salió a seducir a los caballeros que se deslizan lentamente en sus coches por el bulevar Morazán buscando extraños antojos sexuales.

“Si siguen en las esquinas es porque los buscan”

El jefe policial Otoniel Castillo, que funge como enlace con las organizaciones gais, admitió que hay denuncias de agentes que cometen abusos contra los homosexuales, pero sostuvo que siempre son investigadas.

“No nos metemos con ellos porque sabemos que hacen su trabajo, pero cuando hay un problema por su culpa, acudimos para valorarlo, porque ésa es nuestra responsabilidad”, expresó. “A veces los transexuales cometen actos ilícitos porque hay quejas de clientes de que los han asaltado; en estos casos, la Policía no puede dejar de intervenir”.

Indicó que para que los agentes no se involucren sin necesidad con estas personas, les ha pedido que si no hay una denuncia formal contra ellas, no acudan a los lugares donde se mueven.

Las denuncias más frecuentes contra los travestis es que desde temprano se plantan en las esquinas a mostrar sus partes íntimas, pero eso a la Policía no le corresponde controlarlo, dijo.

Dijo que gracias a las reuniones de la Policía con los gais, las relaciones con ellos han mejorado. “Hemos llegado a la conclusión de que si ellos siguen en las esquinas es porque los buscan”, indicó.

El jefe de la Policía Municipal, Pompilio Machado, dijo que sus agentes no los andan “correteando” porque no hay ninguna ley que les prohíba hacer eso. Sin embargo, les advierte que no pueden apostarse en áreas abiertas o lugares de recreación social.

Una de las organizaciones que trabajan mancomunadamente con los gai es Siloé, que depende de la Iglesia Episcopal, con el fin de apoyarlos y prevenirlos de los riesgos a los que se enfrentan por su trabajo.

La coordinadora del programa, Xiomara Hernández, dijo que las llamadas personas del tercer sexo no son los principales transmisores del VIH/sida, sino los hombres casados que se contagian en la calle.

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